Cuando hablar da miedo: la herida escondida alrededor de la voz
¿Alguna vez te han dicho que hablas demasiado? ¿O que no hablas lo suficiente? ¿Alguna vez has sentido que te juzgaban por expresarte demasiado, o por quedarte en silencio?
Muchas personas cargan una herida alrededor de la voz sin darse cuenta. No se nota solo en lo que dicen, sino en la tensión que rodea el hecho de decirlo: la duda antes de hablar, la vergüenza después, la presión de hablar cuando no quieren, o el miedo a callarse cuando el silencio sería más auténtico.
Para algunas personas, hablar se siente peligroso. Para otras, lo peligroso es el silencio, y para muchas, las dos cosas pesan. Por eso la pregunta no es solo si hablas mucho o poco. La pregunta más profunda es de dónde viene tu palabra, o tu silencio.
La herida no tiene que ver solo con las palabras
A algunas personas les dijeron que eran demasiado habladoras, demasiado ruidosas, demasiado emocionales, que eran demasiado. A otras les insistieron en que hablaran más, en que participaran, en que dejaran de ser tan tímidas. A veces la misma persona recibió los dos mensajes: habla, pero no tanto; exprésate, pero no así; participa, pero no ocupes tanto espacio.
Con el tiempo, la voz se confunde. Hablar ya no se siente natural, y el silencio ya no se siente libre. Los dos se cargan, como si alguien estuviera mirando todo el tiempo, y los dos empiezan a llevar vergüenza o presión.
Una persona puede hablar y arrepentirse enseguida, o hacer una pregunta y sentirse culpable por haber interrumpido. Puede querer quedarse callada pero sentir que tiene que demostrar que está participando; entonces llena el silencio, no porque tenga algo que decir, sino porque el silencio le parece incorrecto. O puede contenerse, no porque esté en paz, sino porque una parte de ella espera ser criticada.
Así es como muchas veces la herida alrededor de la voz empieza a vivir dentro del cuerpo.
Distintas partes de nosotros viven la voz de distintas maneras
Cuando hablo aquí de "partes", me refiero simplemente a que dentro de nosotros puede haber distintas reacciones e impulsos que no siempre están de acuerdo entre sí.
Una parte de nosotros puede querer compartir, preguntar, responder o pensar en voz alta. Otra puede ser naturalmente callada y no sentir ninguna necesidad de hablar. Otra puede intentar protegernos del juicio, ya sea empujándonos a hablar o frenándonos. Otra puede cargar todavía la humillación de que le reprocharan su manera de ser. Y otra puede ser lo bastante sabia para detenerse y preguntarse qué es verdad para nosotros en este momento.
Estas partes no son un problema; son parte de ser humanos. No siempre nos mueve una sola voz interior, y entender esto puede ayudarnos a mirar con más compasión y claridad lo que pasa con nuestra voz. Estas son algunas de las partes que suelen aparecer cuando hay una herida alrededor de la voz.
La parte que quiere expresarse
En muchas personas hay una parte que quiere hablar, participar, reír, pensar en voz alta o decir lo que siente como verdad. Esta parte no tiene nada de malo. Suele ser viva y espontánea, y quiere hacer parte del momento. Quiere decir: aquí estoy, tengo algo para compartir, me importa.
Pero cuando a esta parte la han corregido demasiadas veces, puede dejar de sentirse segura, y entonces empieza a salir con urgencia. Puede hablar muy rápido o con mucha intensidad, no porque sea mala, sino porque tiene miedo de que el espacio se cierre. Lo que parece "demasiado" a veces es simplemente una expresión que nunca se sintió realmente segura.
La parte naturalmente callada
Algunos también tenemos una parte que es callada por naturaleza. Esta parte no siente vergüenza, no está paralizada ni ausente. Simplemente no siempre necesita hablar. Puede disfrutar escuchando, observando y recibiendo lo que pasa, y puede estar totalmente presente y conectada sin tener que demostrarlo con palabras. Para ella, el silencio no es un fracaso; puede ser descanso y verdad.
Esta parte tampoco tiene nada de malo. El problema empieza cuando el silencio ya no es una elección, sino algo que se juzga desde afuera o que uno se reprocha desde adentro.
La parte protectora
Muchas veces hay otra parte que intenta protegernos del dolor de ser juzgados, de pasar vergüenza o de ser rechazados. Puede decir: no digas eso, deja de hablar, eres demasiado, estás ocupando mucho espacio. Pero a la parte callada puede decirle lo contrario: di algo, o la gente va a pensar que algo te pasa, o que no tienes nada que aportar.
Esta parte puede sonar dura, pero normalmente se formó por una razón. Aprendió por experiencia que hablar podía traer vergüenza, y que callar también. Entonces no confía en la libertad; confía en el control. Su función es mantenerte a salvo, pero a veces lo hace haciendo que tanto tu voz como tu silencio se sientan inseguros.
La parte humillada
Debajo de todo esto suele haber una parte más vulnerable: la que recuerda lo que se sentía cuando le reprochaban ser como era. Le reprocharon hablar demasiado, y a veces no hablar lo suficiente; ser demasiado expresiva, o demasiado callada.
Esta parte puede decirse: debí haber hablado más, ahora piensan que no tengo nada en la cabeza. O: debí haberme quedado en silencio, ahora piensan que soy demasiado. Carga el dolor de haber sido mirada a través de la vergüenza, y puede aparecer como culpa después de hablar, arrepentimiento después de callar, un nudo en la garganta, incomodidad en el cuerpo o ganas de desaparecer. Es la parte que todavía siente la herida más directamente.
Muchas personas viven desde este lugar sin darse cuenta. Creen que es simplemente su personalidad, pero a veces lo que parece personalidad es en realidad una adaptación.
La parte sabia que puede elegir
La sanación empieza cuando otra parte se fortalece: la parte sabia. Es la que puede darse cuenta de lo que está pasando sin obedecer de inmediato al miedo, a la presión o a la costumbre. Puede preguntarse:
¿Quiero hablar en este momento, o de verdad quiero quedarme en silencio?
¿Me estoy expresando desde lo que es verdad para mí, o desde la ansiedad?
¿Mi silencio viene de la paz, o de la vergüenza?
Esta parte no obliga a hablar ni obliga a callar. Devuelve la posibilidad de elegir. Y eso es importante, porque sanar no es hablar más ni hablar menos; es tomar conciencia de dónde viene tu expresión.
A veces la herida se ve en el espejo
Una de las señales más claras de que puedes estar cargando una herida alrededor de la voz es la fuerza con la que reaccionas a la manera en que otros se expresan.
Puede que veas a alguien que habla mucho y dice lo que piensa, y sientas irritación: ¿por qué habla tanto, por qué no se calla? O que veas a alguien muy callado y también lo juzgues: ¿por qué no dice nada, será que no tiene nada que decir?
A veces la crítica que sentimos hacia los demás no tiene que ver realmente con ellos. Es la vieja voz que ya escuchamos antes, ahora dirigida hacia afuera. La persona que habla demasiado puede reflejar la parte de ti a la que hicieron sentir vergüenza por expresarse, y la persona que habla muy poco puede reflejar la parte a la que hicieron sentir vergüenza por callar. Lo que nos molesta en otros puede mostrarnos una herida que todavía no hemos reconocido del todo en nosotros.
No se trata de encontrar el equilibrio perfecto
La idea no es encontrar la cantidad correcta de palabras, ni hablar menos porque a alguien le incomoda tu intensidad, ni hablar más porque el silencio incomoda a otros. La verdadera pregunta no es "¿Hablo demasiado o muy poco?", sino "¿De dónde viene esto?"
¿Hablo porque se siente verdadero, o porque tengo miedo de desaparecer?
¿Me quedo en silencio porque estoy en paz, o porque siento vergüenza?
¿Lleno el silencio porque creo que debería?
¿Estoy guardando lo que está vivo en mí porque espero que me critiquen?
Ahí es donde empieza la conciencia.
Tienes derecho a hablar, y tienes derecho a callar
Puede sonar sencillo, pero para muchas personas es profundamente sanador escucharlo.
Tienes derecho a hablar, y tienes derecho a quedarte en silencio.
Tienes derecho a preguntar, y derecho a hacer una pausa.
Tienes derecho a expresarte plenamente, y derecho a no actuar un papel.
Tienes derecho a no llenar cada silencio, y a no encogerte porque a alguien le incomoda tu presencia.
Y si hay un momento en que no quieres hablar, pero una parte de ti siente que es necesario, igual puedes elegir hablar. Solo hazlo con conciencia, sabiendo que eres tú quien lo elige y sintiendo de dónde viene. Y si sí quieres hablar, entonces habla, no para quedar bien ni para defenderte, sino como una expresión honesta de lo que es verdad para ti.
La libertad no está en hablar más o menos. Está en que la herida deje de decidir por ti sin que te des cuenta.
Devolverle la libertad a la voz
Muchas personas nunca recibieron de verdad un permiso pleno para usar su voz. Las corrigieron cuando se expresaban demasiado y las empujaron cuando no se expresaban lo suficiente, así que aprendieron a vigilarse todo el tiempo: a corregirse, a anticiparse, a contenerse, a justificarse o a desaparecer. Pero la voz nunca debió sentirse como un examen, y el silencio nunca debió ser un fracaso.
Tal vez sanar esta herida no se trate de convertirse en otra persona. Tal vez se trate de tener la honestidad de notar lo que te mueve, y de escuchar a cada una de estas partes: la que quiere expresarse, la que es naturalmente callada, la que protege, la que todavía se siente humillada y la que es lo bastante sabia para elegir. No perfectamente, sino con conciencia.
Al final, la libertad más profunda no está en aprender a hablar correctamente, sino en saber que tu voz y tu silencio pueden pertenecerte, los dos.
Katiana