Leer mi historia
Desde muy pequeña me hago muchas preguntas sobre la vida, sobre Dios y sobre lo que significa ser humano.
Nací en Colombia, en una familia profundamente religiosa. Ya de adolescente enseñaba religión a los niños, y cantaba en la iglesia. Mi búsqueda espiritual era sincera, pero también venía acompañada de miedos, de reglas y de creencias que no me atrevía a cuestionar.
En 2005 salí de Colombia para venir a vivir a Quebec. Es aquí donde he construido gran parte de mi vida. Soy mamá de dos hijos, y comparto mi vida con mi esposo desde hace casi 30 años.
Como todo el mundo, he vivido momentos hermosos, pero también épocas muy difíciles: ansiedad, depresión, dudas y momentos en los que ya no sabía muy bien quién era. Durante mucho tiempo busqué respuestas afuera: en los libros, en la religión, en lo que decían los demás.
En 2012 dejé la religión. Y todo cambió.
En lugar de buscar afuera, empecé a mirar dentro de mí. A observar mis comportamientos, mis pensamientos, mis emociones. Empecé a meditar, a conectarme conmigo misma. Sentía que Dios y yo éramos uno, así que ya no necesitaba buscarlo en otra parte. Eso hizo toda la diferencia.
Empecé a ver la vida como un espejo: lo que me rodeaba reflejaba algo de mí. Y aprendí a escuchar ese reflejo.
El sonido siempre estuvo ahí. En la iglesia, cuando cantaba, a veces cantaba en lenguas, un lenguaje hecho de vibraciones más que de palabras. Yo decía: es la presencia de Dios. Me sentía en armonía con todo, con el universo. Ese vínculo nunca me dejó. Seguí cantando, meditando con mi voz, dejándome guiar por el sonido.
Luego quise profundizar. Me formé en una muy buena escuela de sonoterapia, después en programación neurolingüística (PNL), y ahora en hipnosis.
Y sigo haciendo mi trabajo interior, todos los días. Para mí, es el corazón de todo. Estoy convencida de que para acompañar a alguien, primero hay que hacer este trabajo con uno mismo. Si no, corremos el riesgo de proyectar nuestro propio dolor en el otro, creyendo que vive lo mismo que nosotros. Somos uno y, al mismo tiempo, cada quien vive su propia experiencia. Entre más hago mi trabajo interior, más claramente veo a la persona que tengo enfrente.
No tengo todas las respuestas, y no pretendo tenerlas. Yo también sigo aprendiendo, cuestionándome y descubriendo.


