Katiana CordobaAcompañamiento individual y sonoterapia
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La presión de estar siempre haciendo, y el poder olvidado de simplemente ser

Hay una presión invisible que nos acompaña a la mayoría día tras día: la creencia silenciosa de que para valer, para ser vistos o para ser suficientes, tenemos que estar siempre haciendo algo. Es tan común que casi ni la notamos. Nos despertamos y de una vez sentimos la necesidad de trabajar, planear, lograr, arreglar y demostrar.

¿Y qué pasa cuando, por un momento, simplemente somos? ¿Cuando no estamos ocupados, ni produciendo, ni esforzándonos por nada? Muchas veces llega la culpa, junto con la inquietud y la duda, la sensación de estar perdiendo el tiempo, o peor, de estarnos perdiendo a nosotros mismos. El mundo nos enseñó que si no estamos haciendo algo, no importamos. Pero eso no es cierto. La verdad es mucho más sencilla, mucho más profunda y mucho más liberadora.

El juicio silencioso a la quietud

Esto empieza temprano. De niños, muchos escuchamos: "¿Qué estás haciendo?", "No te quedes ahí sentado sin hacer nada", "Busca algo que hacer". Rápidamente aprendimos que la quietud es sospechosa, que descansar es pereza y que no hacer nada es una forma de fracaso.

Incluso de adultos, y hasta en un camino espiritual, ese mensaje vuelve con otras formas: sé intencional, sánate, haz tu trabajo interior. Sin darnos cuenta, tratamos de llegar a ser a punta de hacer. Tratamos de controlar hasta nuestra entrega, y eso solo trae más tensión, más duda y más agotamiento.

Cuando la mente quiere manejarlo todo

Durante muchos años yo misma luché con esto. Quería vivir en el fluir, dejar que la vida me guiara y soltar el control, pero seguía controlando, solo que de una manera más sutil. Estaba manejando mi conciencia y mi propio proceso, preguntándome todo el tiempo: ¿Lo estoy haciendo bien? ¿De verdad me estoy entregando? ¿Soy lo suficientemente espiritual?

A la mente le encanta creer que es la que manda, pero nunca lo es realmente. Debajo de todo el esfuerzo, de tanto darle vueltas a las cosas y de tanto intentar, hay una presencia tranquila y estable que simplemente es. Esa presencia no tiene nada que demostrar ni que aparentar, y no se mata tratando de que la vean. Simplemente existe, y es de esa existencia que nace el verdadero hacer.

El hacer que nace del ser

Aquí es donde mucha gente se confunde. Nos enseñaron que primero hacemos y después llegamos a ser. Pero es al revés: primero soy, y desde ahí fluye el hacer.

Es como el sol. El sol no trata de brillar; es luz, y porque es luz, da luz. De la misma manera, cuando descansas en tu ser, en tu verdad, en tu presencia y en tu alineación, el hacer viene solo. Las palabras llegan, las acciones suceden y las decisiones se vuelven claras, no a punta de esfuerzo, sino desde lo más profundo de quien eres.

Un ejemplo: del ser a la expresión

Una vez alguien me preguntó: "Con mi mamá peleamos mucho. ¿Qué debo hacer? ¿Dejo de hablarle? ¿Me guardo mis opiniones?"

Le dije que no se trataba de decidir qué decir o qué callar, sino de ser primero. Cuando descansas en tu ser, en tu verdad y en tu paz, desde ahí pueden llegar las palabras, o puede llegar el silencio. Pero lo que llegue es real. No es forzado, no se trata de quién tiene la razón, y no es una manera de controlar la situación. Es tu ser expresándose de forma natural.

Mucha gente tiene miedo de que si "solo es", va a dejar de hacer cosas. Pero es todo lo contrario. Entre más eres, más haces, solo que sin lucha, sin esfuerzo y sin presión. El hacer se vuelve una expresión natural de tu ser.

Más allá del control

Esto no es fácil de entender, porque nos enseñaron que la vida es dura y que hay que esforzarse, forzar, empujar y decidir. Pero el verdadero fluir pasa más allá del esfuerzo. Nace del ser.

Cuando llegas a esa conciencia tranquila y estable dentro de ti, ahí es donde llega la claridad, donde vive la paz y donde fluye la sabiduría. Y sí, de ahí también surgen naturalmente las acciones, las palabras y las decisiones, no desde la presión ni desde el miedo, sino desde un lugar más profundo que la mente, desde quien ya eres.

El día en que todo cambió

Siempre he tenido una relación personal con el que yo llamo Papá Dios. Para mí no es una figura lejana que juzga, sino una presencia amorosa que me guía y que siempre está conmigo. Hablamos, le hago preguntas, y a veces las respuestas llegan tan claras que lo cambian todo.

Durante mucho tiempo le di vueltas a una pregunta: ¿Cuándo soy yo y cuándo es Dios? ¿Cuándo mis ideas vienen de mi pequeño yo, y cuándo son guiadas?

Y un día, Papá Dios me respondió, con suavidad y de manera completa: "Todo soy yo". Todo: las ideas y la confusión, los momentos de paz y los momentos de resistencia, la quietud, las palabras y las acciones. Todo hace parte del mismo Ser; todo es la vida expresándose a través de mí.

Desde ese momento dejé de tratar de controlar cada paso y de cuestionar cada acción. Empecé a confiar en que, cuando descanso en el ser, el hacer se encarga de sí mismo.

Una práctica suave: volver al ser

No se trata de forzar la quietud ni de juzgar tu mente y tu necesidad de control. Se trata de volver con suavidad al lugar que está debajo de todo eso. Aquí tienes una práctica sencilla para sentirlo.

  1. Haz una pausa. Deja que tu cuerpo se acomode. Siente dónde estás: tu peso sobre la silla, el piso debajo de ti.
  2. Nota los bordes. Siente dónde se encuentra tu cuerpo con el espacio a su alrededor: tu piel, el aire, el cuarto.
  3. Baja un poco más. Lleva tu atención al pecho y al abdomen. Nota si hay tensión, algo apretado, algo que se está sosteniendo. No necesitas cambiarlo; solo obsérvalo.
  4. Deja que llegue un sonido. Un suspiro, un tarareo, una respiración susurrada. Deja que llegue solo, sin esfuerzo.
  5. Descansa en el ser. Aun con la tensión, los pensamientos y la cantaleta de la mente, tú eres. La vida fluye, y el hacer va a surgir cuando sea el momento. No tienes que forzarlo.

La libertad de ser

No necesitas demostrar tu valor haciendo cosas todo el tiempo, ni forzar tu camino hacia la claridad, la paz o la expresión. El ser que ya eres, la luz que hay en ti, ya está brillando, y desde ese brillo fluye el hacer. Confía en el ser; el hacer vendrá después.

Katiana

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