Katiana CordobaAcompañamiento individual y sonoterapia
Todos los artículos

¿Quién es la voz en mi cabeza?

No todo el mundo se hace este tipo de preguntas. Para algunas personas pueden parecer demasiado abstractas, demasiado sutiles o muy lejanas de la vida diaria. Pero si alguna vez te has sentado en silencio y has notado la voz en tu cabeza hablando sola, o te has preguntado quién piensa realmente tus pensamientos, o quién es el que los nota, tal vez esta reflexión le hable a algo en ti que estaba esperando ser nombrado.

Estaba en meditación, observando los sonidos en mi cabeza, las sensaciones en mi cuerpo, los pequeños movimientos del pensamiento que aparecían y desaparecían. En algún momento, algo se volvió muy claro para mí. Podía decir que no soy mi cuerpo, y podía decir que no soy mis emociones. Pero la voz en mi cabeza se sentía distinta. La sentía más cerca de mí que cualquier otra cosa, como si fuera el lugar donde vivía mi identidad, lo único que no podía separar de mí misma.

Y sin embargo, al observar esa voz con más atención, noté algo extraño. Gran parte parecía llegar al azar. Venían palabras que yo no había escogido, y pedazos de pensamientos me atravesaban sin pedir permiso. A veces había ideas coherentes, un lenguaje claro y comprensiones con sentido. Otras veces era casi un ruido mental mecánico: frases sin terminar, asociaciones, comentarios, reacciones que decían cosas que yo no estaba tratando de decir. Y me encontré haciéndome una pregunta casi imposible de responder: si estos pensamientos aparecen solos, ¿en qué sentido son yo?

Esa pregunta abrió algo más profundo. ¿Por qué la voz interior se siente tanto como yo si aparece por sí sola? ¿Por qué el pensamiento parece ser la prueba más cercana que tengo de mi propia existencia? Hay algo en la mente que dice: pienso, luego estoy aquí; observo, luego sé que existo. Y sin ese movimiento mental, algo en mí tiene miedo de desaparecer.

Este es uno de los apegos más profundos que he encontrado en mí. No el apego al cuerpo, ni a las emociones, sino el apego a la mente como prueba de que existo.

Cuando los pensamientos están activos, hay una sensación familiar de ser alguien: alguien que narra, que nombra, que nota. Pero cuando el pensamiento se calma, ¿qué queda? Ahí fue donde la exploración se volvió más inquietante, porque empecé a ver que aunque las palabras desaparecieran, yo no desaparecía. Aunque la voz de siempre se suavizara, seguía habiendo experiencia: sensaciones, quietud, una especie de presencia. Algo quedaba, pero no se sentía como mi identidad mental de siempre.

Entonces apareció otra pregunta: ¿quién es este "yo" al que llamo "yo", el que observa estos pensamientos?

Al principio suena como una pregunta espiritual muy bonita. Pero si uno se queda con ella el tiempo suficiente, se vuelve muy resbalosa, porque en el momento en que la mente responde, crea otro objeto. Dice: soy el observador, soy el testigo, soy la conciencia. Pero eso también se puede observar. Y si se puede observar, ¿entonces quién lo está observando?

Ahí es donde la mente empieza a dar vueltas. Primero está la sensación de que estoy observando un pensamiento. Luego ese mismo "yo" parece convertirse en el observador. Después, hasta ese observador puede ser notado, y aparece otro movimiento que intenta observar al observador, y empiezo a preguntarme si esto no es también la mente haciéndose la espiritual. Poco a poco empecé a ver que la mente no puede resolver este problema, porque cada respuesta que da se convierte en un pensamiento más que aparece dentro de la experiencia.

En cierto momento, hasta el deseo de silencio se volvió parte de la exploración. Aparecía otra voz que decía: quédate callada, sé solo conciencia, deja de identificarte con el pensamiento. Y entonces yo me preguntaba: ¿quién está diciendo eso? ¿Quién quiere el silencio? ¿Quién se está resistiendo al ruido? ¿Eso es libertad, o es solo otra parte de la mente tratando de controlar la experiencia y llamando paz a ese control?

Esto se volvió importante para mí, porque pude ver que la espiritualidad a veces se convierte en otra identidad mental. La mente aprende palabras nuevas: testigo, presencia, conciencia, no identificación. Pero las palabras no son la verdad. La mente puede construirse una imagen espiritual muy refinada de sí misma y seguir atrapada en el mismo movimiento de querer agarrar lo que no se puede agarrar.

Así que empecé a ver que tal vez el punto no era responder estas preguntas con conceptos, sino notar con más honestidad.

Notar no es lo mismo que ubicar

La mente quiere ubicarlo todo. Quiere coordenadas. Quiere decir: aquí está el yo, aquí está la conciencia, aquí está la paz, aquí está Dios, aquí está el observador. Pero tal vez las cosas más profundas no se encuentran así. Tal vez en el momento en que intento ubicar la conciencia, ya la convertí en un objeto del pensamiento. Tal vez lo que llamo conciencia no es algo que pueda sostener en mi mano mental. Tal vez es simplemente aquello en lo que todo aparece.

Incluso así, la mente rápidamente trata de convertir eso en una idea: la conciencia es el espacio, el recipiente, el fondo. Y otra vez, algo en mí vio que eso sigue siendo el pensamiento tratando de definir lo que no puede contener.

Entonces empecé a entender algo más suave. Tal vez no necesito ubicar al que nota. Tal vez solo necesito notar. Aparece una sensación, aparece un pensamiento, una reacción, un deseo de silencio, un miedo, un recuerdo. Todo se puede notar, y el notar en sí no necesita hablar de sí mismo.

Esto cambió algo en mi relación con la mente. Empecé a ver que pelear con ella no sirve de nada. La mente no es un invasor extraño; es parte del instrumento a través del cual se vive esta vida. El pensamiento es la forma en que se forma el lenguaje, en que organizamos el mundo, le damos sentido, recordamos, planeamos, enseñamos, hablamos y creamos. El problema no es que la mente exista. El problema es que confundo todos sus movimientos con lo que soy.

Y hasta eso es comprensible, porque la mente es un punto de referencia muy poderoso. Se siente íntima y cercana, como la narradora de mi vida. Pero tal vez no es la dueña de la vida. Tal vez es solo un movimiento dentro de un campo mucho más grande.

Un sueño

Esto se volvió todavía más vívido por un sueño que tuve una noche.

Una persona muy querida para mí estaba pasando por un momento muy difícil, y en el sueño yo era esa persona. Estaba dentro de su vida, viendo desde adentro lo que estaba viviendo. Pero lo extraño no era el sueño en sí, sino el estado en el que estaba ocurriendo. Todo se sentía completamente claro. No analizado ni interpretado, solo claro.

Cada detalle tenía sentido. Cada dificultad, cada circunstancia, cada parte de su vida se sentía perfectamente comprendida, pero no de la manera en que la mente suele entender, comparando, razonando y concluyendo. Era más bien un saber directo, limpio, silencioso. No había comentarios alrededor, ni debate interior, ni teoría, ni esfuerzo por descifrar nada. Era simplemente evidente.

Y con esa claridad llegó una libertad extraña. No la libertad como idea, sino como un estado en el que todo era exactamente lo que era, y de alguna manera eso era suficiente. No se sentía como una creencia, ni como fe, ni como pensamiento positivo. Se sentía como ver con claridad.

Cuando me desperté, traté de describirlo, y ahí fue cuando la mente volvió, haciendo lo que naturalmente hace. Empezó a preguntar: ¿Qué fue eso? ¿De dónde vino esa claridad? Si no era pensamiento, ¿qué era? ¿Era la conciencia? ¿Era Dios? ¿Era una inteligencia más profunda que la mente ordinaria?

Pero en el sueño mismo no había hecho falta ninguna de esas preguntas. Solo había estado la claridad.

Eso fue lo que lo hizo a la vez difícil y hermoso. La mente puede describir la experiencia después, pero no puede reproducir su pureza explicándola. Hay una forma de saber que no viene del proceso mental de siempre. No se siente como el resultado de pensar; se siente más bien como la ausencia de interferencia.

Tal vez esa sea la forma más cercana de describirlo: la vida diaria sin interpretación. No un estado sobrenatural, ni una realidad alterada en un sentido dramático, ni una actuación mística. Solo la vida, sin la capa extra que la mente suele ponerle encima a todo.

El cuerpo sigue ahí, la experiencia sigue ahí, las personas siguen siendo quienes son, y la vida sigue desenvolviéndose. Pero la narración interior constante se suaviza: medir, clasificar, tratar de concluir, de protegerse y de definir. Y lo que queda es algo increíblemente simple. Esto. Solo esto.

En ese estado, el tiempo no era importante. No se sentía ni lento ni rápido; en realidad no se trataba del tiempo. Se trataba de ser. Había conciencia de lo que es, no de un yo que avanza en el tiempo tratando de llegar a alguna parte. No había ninguna frase interior que dijera "estoy presente ahora". Solo estaba el hecho de estarlo.

La humildad de no agarrar

Esto me hizo darme cuenta de algo a la vez obvio y que invita a la humildad. La mente vive de ubicar. Quiere ubicar el yo, la conciencia, el silencio, la verdad, a Dios. Quiere tener el misterio en sus manos y decir: esto es, lo encontré, ahora entiendo. Pero las cosas más profundas no se comportan como objetos. Se parecen más al viento. Puedes sentirlas, conocerlas y dejarte mover por ellas, pero no puedes cerrar la mano alrededor de ellas.

Tal vez por eso la mente se cansa tanto en estas exploraciones. Está tratando de agarrar lo que nunca fue hecho para agarrarse de esa manera.

Cuando esto se vuelve claro, llega cierta humildad. No la humildad de no tener inteligencia, sino la de ver los límites de la inteligencia conceptual: darse cuenta de que el pensamiento es poderoso, hermoso y útil, y aun así incapaz de contener toda la realidad, y de que algunas formas de saber solo llegan cuando el pensamiento suelta su necesidad de dominar.

Esto no significa que la mente esté equivocada ni que el pensamiento sea malo. No significa que tenga que dejar de pensar, de nombrar o de ser humana. Simplemente significa que ya no espero que el pensamiento tenga la última palabra sobre lo que soy.

Está el pensamiento, la sensación, la emoción, el notar, la interpretación, el silencio y el ruido. Está la parte que quiere paz, la que reacciona, la que trata de entender y la que suelta. Tantos movimientos, tantas voces, tantas pequeñas identidades que pasan y se hacen llamar "yo". Y tal vez ninguna de ellas es el todo.

Tal vez lo que soy no se puede reducir a la voz en mi cabeza, aunque esa voz se haya sentido como yo durante tanto tiempo. Tal vez el misterio no es que yo tenga pensamientos, sino que siga confundiendo el pensamiento con el centro de lo que soy. Tal vez la paz no es algo que creo con la mente, sino algo que noto cuando la mente ya no lo está cubriendo todo. Y tal vez lo que probé en ese sueño no está lejos, sino siempre aquí, cada vez que la vida se vuelve lo bastante clara para revelarlo.

Tal vez la relación más profunda que puedo tener con todo esto no es la conquista, ni la conclusión, ni la posesión, sino la reverencia. Porque entre más honestamente miro, más veo que la mente no puede agarrar del todo al que nota, la fuente del silencio, ni el misterio mismo del ser. Puede hacer preguntas hermosas, señalar, maravillarse y volverse humilde. Pero en algún momento llega a un umbral donde tiene que dejar de intentar poseer lo que solo se puede vivir.

Así que vuelvo una y otra vez a esta pregunta extraña y hermosa: ¿quién es la voz en mi cabeza? Y cada vez que me la hago con suficiente profundidad, no llego a una respuesta final, sino a algo más quieto, más abierto y más honesto. Un lugar donde el pensamiento puede existir sin ser confundido con toda la verdad, donde la conciencia no se convierte en concepto, y donde la vida simplemente está aquí antes de que yo la nombre.

Y ahí, una y otra vez, me inclino con humildad ante el misterio.

Katiana

También en el blog

Todos los artículos