Katiana CordobaAcompañamiento individual y sonoterapia
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Si crees que sabes quién eres, tal vez no lo sepas

Muchas veces escuchamos: "Sé tú mismo". Suena sencillo, hasta obvio. Pero ¿quién es ese? ¿Quién es ese "tú mismo" que se supone que debes ser?

La mayoría de la gente cree que lo sabe. Dicen "yo soy así" y señalan un conjunto de pensamientos, hábitos, reacciones o rasgos de personalidad. Pero eso no es todo lo que eres. Es un destello, una luz pasajera en la superficie del océano.

La verdad es que gran parte de lo que llamamos nuestra identidad es un paquete de ideas que recibimos del mundo que nos rodea: creencias, expectativas, códigos culturales. Desde muy pequeños nos dicen quiénes somos, y un día terminamos creéndolo.

Y en el momento en que creemos haber encontrado quiénes somos, muchas veces nos volvemos prisioneros de esa idea. Pasamos la vida protegiéndola, defendiéndola, demostrándola y tratando de estar a su altura, aunque ya no se sienta verdadera. Ahí es donde empieza el sufrimiento, porque lo que estamos protegiendo ya no es lo que somos, y estamos tan ocupados protegiéndolo que no notamos en qué nos estamos convirtiendo.

La autenticidad no es algo fijo

Muchas veces confundimos la autenticidad con la constancia. Decimos "solo estoy siendo yo", cuando lo que realmente queremos decir es "estoy siendo quien decidí que soy". Pero la parte de nosotros que cree saber quiénes somos muchas veces solo está repitiendo lo que le enseñaron.

La verdadera autenticidad no es algo fijo. Es un permiso vivo, el valor de seguir desplegándose. Es estar dispuesto a soltar cada etiqueta, cada caja y cada historia fija, para escuchar en cambio la verdad tranquila y cambiante que hay adentro. No eres una definición. Eres un devenir.

Volverse es volver

Mira la palabra misma en los idiomas que vivo. En español, volverse viene de volver, regresar. En francés, devenir significa llegar a ser. En inglés, become une "be" (ser) y "come" (venir), como si algo viniera hacia lo que ya es.

Cada uno de estos idiomas señala el mismo misterio: volverse es volver. No convertirse en otra persona, sino desplegarse en quien siempre has sido, antes de las máscaras, antes de los roles, antes del olvido. No se trata de cambiar quién eres; se trata de recordar.

Como una foto en el agua

Piensa en una foto antigua que se está revelando en su baño. Al principio no se ve nada, solo sombras. Luego, poco a poco, empieza a aparecer un rostro: líneas, rasgos, luz. No le agregas nada; simplemente dejas que la imagen aparezca.

Eso es realmente volverse. Tú eres la foto, y tú eres el agua. Y cuando la imagen se aclara, te das cuenta de algo asombroso: la foto está viva, y nunca va a dejar de cambiar.

Ver solo una pequeña parte de nuestra luz

Eres mucho más de lo que puedes ver. En esta experiencia humana, solo percibimos un fragmento diminuto de nosotros mismos a la vez: un destello, un susurro, un solo punto de luz entre incontables estrellas.

Yo no veo eso como un defecto. Lo veo como la naturaleza misma de la experiencia. Vivimos segundo a segundo, momento a momento, porque así es como podemos sentir la vida. Si lo viéramos todo de una vez, no podríamos sostenerlo, y ni siquiera sabríamos cómo amarlo.

Y tal vez este límite no está ahí solo porque no podríamos con más. Tal vez nuestro Creador nos está susurrando: "No nos apresuremos. Saboreemos el devenir". La vida es como un amante que quiere ser encontrado despacio, con plena presencia, y no todo de una vez. En la pequeña porción sagrada que se nos da, encontramos todo un universo. Se nos da un respiro, un paso, un rayito de luz, y dentro de eso podemos tocar el infinito. Es pequeño e inmenso al mismo tiempo, y eso es lo que lo hace sagrado.

No somos un instante, somos tiempo que se despliega

A veces decimos: "Son las 8 de la mañana". Pero en el mismo momento en que lo decimos, ya no es cierto. Son las 8 y un segundo, luego dos, luego tres. El tiempo sigue avanzando; no podemos retenerlo ni atraparlo. Siempre se nos escapa, como un espejismo.

Nosotros somos exactamente así. Nos imaginamos como alguien fijo en un momento, como si pudiéramos definirnos con una sola imagen o una sola idea. Pero un segundo después ya no somos los mismos; ya estamos cambiando.

El tiempo se extiende a través del pasado, el presente y el futuro, y aunque solo podemos vivirlo un momento a la vez, somos toda la línea. Avanzamos sobre ella sin verla nunca completa, y aun así estamos hechos de ella: de cada punto, cada segundo, cada transformación. Así como no podemos tener el tiempo en las manos, no podemos encerrar lo que somos en un concepto. No somos un momento ni una etiqueta. Somos el tiempo mismo, desplegándose en la conciencia.

Un movimiento vivo

Entonces, ¿quién eres? No un nombre, un rol, una historia ni una conclusión. Eres un devenir. Como la marea, el viento o una llama, siempre estás en movimiento, y tu verdad también.

Hasta el "ahora" está en movimiento; este momento ya está cambiando. Y sin embargo, es el único lugar donde tu ser se puede sentir. No en el recuerdo, no en la imaginación, sino aquí y ahora. Ahí es donde vive tu verdadero ser.

Así que cuando alguien te pregunte "¿Quién eres?", podrías hacer una pausa, sonreír y decir: "Soy lo que está llegando a ser. Soy el despliegue. Soy el misterio recordándose a sí mismo". Y tal vez eso es todo lo que necesitamos saber: no definir el misterio, sino volvernos misterio.

Y si miras más profundo

Y si de verdad empiezas a preguntarte "¿Quién soy yo, realmente?", la respuesta más honesta que vas a encontrar es: no lo sé.

Porque no puedes saber quién eres con la mente. Te estás descubriendo todo el tiempo, momento a momento, en un movimiento que nunca termina. Lo que eres nunca se puede atrapar ni fijar. Solo se puede vivir y experimentar. Solo puedes ser el "yo soy". No puedes sostenerlo, explicarlo ni terminarlo.

Por eso solo podemos hablar de ello como lo estoy haciendo ahora: en el fluir del ser, con amor, y sin ninguna necesidad de definirlo.

Katiana

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