Lo que me cuesta ser yo
Escribo esto con humildad, para compartir una parte de mi historia: mi crecimiento, mi camino espiritual y el recorrido de descubrir quién soy de verdad.
Por alguna razón, de niña me quedé con la creencia de que si no estaba feliz, era porque Dios no estaba conmigo, y que yo debía estar haciendo algo mal. Sentía las cosas muy profundamente, pero mis emociones, sobre todo la ansiedad y la tristeza, me hacían sentir como un fracaso. Pensaba que si estaba pasando por un momento difícil, era porque no era lo suficientemente buena o no estaba en armonía con Dios. Y sin embargo, incluso en esos momentos de vergüenza y de juicio contra mí misma, sabía en lo más profundo que Él siempre estaba ahí. Esa contradicción, sentirme profundamente conectada con Dios y al mismo tiempo avergonzada de mis emociones, marcó mi manera de vivir la vida.
Siempre he sido una persona que siente con mucha intensidad. Pero durante mucho tiempo rechacé esa parte de mí, creyendo que mis emociones me hacían pequeña, indigna, de alguna manera menos que los demás. Incluso hoy, en este camino de despertar y de sanación, todavía encuentro rastros de esa vieja manera de pensar. Creo que ya la superé, y luego descubro nuevas capas que todavía siguen en mí.
Compartir esto abiertamente requiere valor, porque incluso siendo mentora espiritual, y a pesar de lo que a mi ego le gustaría creer, yo también sigo caminando este camino. Y sé que no soy la única. Como muchos de ustedes, sigo descubriendo partes más profundas de mí y viendo cómo vuelven a aparecer viejos patrones. A veces surgen emociones que me hacen sentir pequeña. A veces no me siento alineada. Y está bien.
Lo que de verdad me ha ayudado en este camino es la aceptación: entregarme a estas emociones como maestras y no como obstáculos. Ya no las veo como enemigas, sino como guías que me revelan verdades más profundas sobre quién soy. He entendido que no vine aquí a ser perfecta ni a alcanzar un estado lejano de iluminación. Vine a vivir la experiencia, a sentir toda la gama de emociones que ofrece este mundo de contrastes, con su luz y su oscuridad, sus alegrías y sus tristezas. Esa es la esencia misma de la vida. Y en esa aceptación encuentro paz.
Me recuerdo que estoy a salvo, que soy valiosa y que nunca estoy separada de Dios. Estar sin Él es imposible, porque soy una con Él. Existo en Él, como parte de su creación, hecha de su aliento y llena de su esencia. No hay un solo momento en que Él esté ausente, ni una sola experiencia que ocurra fuera de Él.
Con esta comprensión, escojo cada vez más ser quien realmente soy, y dejarme ver. No para borrar el miedo, sino para transformarlo en luz, en amor, en una manera de honrar la creación que soy. Y sí, ser vulnerable puede sentirse peligroso. Siempre está ese susurro: ¿Y si alguien me hace daño? ¿Y si me rechazan? Pero escojo apoyarme en la confianza profunda de que estoy a salvo.
Lo que más me puede hacer daño es mi propia percepción, el significado que le doy a lo que vivo. Si creo que algo es peligroso, esa creencia moldea mi realidad. Pero esa creencia también es una creación, igual que la ansiedad, la tristeza o cualquier otro estado emocional que aparezca.
Mi camino ha sido un camino de transformación: tomar energías pesadas y convertirlas en luz, en amor y en verdad. Estas tres, junto con la entrega, son la base de mi día a día.
Así que sí, estoy caminando este camino, quitando con suavidad las capas que han tapado mi luz interior, volviendo a la verdad de quien soy y dejándome fluir en el ser. Y abrazo esta comprensión: este camino no se trata de llegar a alguna parte. Se trata de desplegarse, de llegar a ser, y de tomar conciencia cada vez más profunda de quién soy.
Estoy aquí. Estoy completa. Y sigo caminando.
Katiana